Con Tinta Negra

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Réplicas sociales en Villa Cardan y Villa Francia

La frontera que el terremoto no eliminó

“Estoy segura, yo misma los vi. Todos esos delincuentes de la Villa Francia se están organizando al frente del Liceo 70, vienen armados para saquear nuestras casas”, exclama una enardecida Isabel, quien sin mediar las consecuencias de sus acusaciones, esparce el pánico por su comunidad.  Han pasado 72 horas desde que un terremoto de grado 8.8 en la escala de Richter sacudiera la zona centro-sur del país. Sin embargo, aún queda lo peor. La catástrofe ha dejado al desnudo el tipo de sociedad construida, aquella que premia la competencia, el individualismo y que ve con desconfianza y miedo a sus propios vecinos.

“Que bueno que ya llegaron los militares al sur, este país necesita orden y los vándalos tienen que ser duramente castigados”, comenta decidido Jacinto, uno de los integrantes del centro de la tercera edad de Villa Cardan. Todos los lunes las puertas de este centro se abren, para que jubilados y jubiladas del sector compartan su tiempo libre jugando al cacho, la rayuela o a las cartas.

Esta vez el panorama es diferente. Todos están reunidos frente al televisor, sintonizado el canal estatal. Santiago Pavlovic, en ese momento al aire, muestra un panorama desolador, sin organización vecinal, y en donde los saqueos y la criminalización están a la orden del día. Como si se tratara de la guerra en Afganistán, cubre el escenario post-terremoto en el sur del país entre lacrimógenas y balas, alarmando a la sociedad e incitando el miedo colectivo. “Capacito que nos quieran saquear a nosotros también”, insiste Jacinto, “deberíamos mandarle una carta al alcalde Rodrigo Delgado, exigiéndole que los militares se hagan presentes aquí también”.

A escasos metros de ahí todo transcurre con total normalidad para un grupo de jóvenes que se preparan para salir a la cancha en unos minutos más,  con la seriedad como si se tratara de un partido de liga profesional. Ni siquiera la contingencia provocada por el terremoto es impedimento para que, como todos los lunes y jueves, se reúnan a disputar el campeonato de futbolito de su villa, la Cardan.

Hay “tensión en el ambiente”, se respiran aires de “súper clásico”. Esta vez se enfrentan los Bolitas contra los Halcones en un partido trascendental que definirá qué equipo pasa a la gran final.

El árbitro da el pitazo que indica el inicio del partido. La pelota rueda por la cancha. Cada uno de los jugadores, cinco por cada lado, lucha de forma desenfrenada por alcanzar el balón. Saben que deben resaltar, ya que hay un gran premio para el mejor jugador de la temporada y restan dos fechas para su término. Pedro, la estrella de su equipo, y el favorito para quedarse con el cetro, realiza varios amagues que dejan a más de un contrincante confundido: sabe que de su experticia goleadora depende el paso de los Bolitas a la final.

De pronto, la tranquilidad del juego termina. Isabel, vecina del lugar, se acerca a la cancha, interrumpiendo abruptamente el partido. “¡Vienen a saquear, vienen a saquear!”, grita dos o tres veces, hasta que logra captar la atención de todos. Entonces la mujer insiste con mayor ímpetu: “los de la Villa Francia se están organizando, van a venir a  saquear nuestras casas”….

Paranoia del tercer tiempo

Son sólo escasos metros de distancia los que separan a Villa Francia de Villa Cardan. Ambos lugares están delimitados por un mismo punto, la Avenida 5 de Abril, calle que se ha transformado en la frontera divisoria de dos mundos muy diferentes.

La población Villa Francia, ubicada de 5 de Abril hacia el poniente, fue formada a mediados de la década de los sesenta tras una toma de terrenos. En los años 80 era reconocida como un símbolo de resistencia y combatividad antidictatorial. Sus pobladores eran vistos como un ejemplo por su tenaz lucha y gran organización. Sin embargo, hoy sus humildes habitantes deben vivir cargados de estigmas y soportar acusaciones periódicas de robo y violencia.

El aviso de Isabel bastó para que se produjera paranoia y un temor generalizado en toda la Villa Cardan. La pelota dejó de rodar. Pedro, el goleador del equipo, fue el primero en abandonar el campo de juego. Su madre lo esperaba impaciente al final de la cancha de cemento, “apúrate, nos vamos pa` la casa, tus hermanas están solas y estos desgraciados van a venir luego”. Fue así como en un abrir y cerrar de ojos, grandes y chicos corrieron a sus casas. Nadie se cuestionó si era real lo que decía Isabel: todos se dejaron llevar por sus temores y prejuicios. Lo último que se escuchó antes de que las calles quedaran completamente vacías fue “¡llamen a la pacos!”.

Tres patrullas y un furgón respondieron al enérgico llamado. En cosa de minutos los carabineros se presentaron en Villa Cardan. Esa noche realizaron varias rondas en ambos sectores, recorrieron cada punto de la población buscando pistas, pero no encontraron nada. No había rastro de posibles saqueadores. Era, como tantas veces, una falsa alarma.

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