Literatura libre por la ciudad
Reservoir books: libros de la calle
A fines de 2004, un grupo de rabiosos decidió doblarle la mano a las circunstancias y trajo hasta nuestras latitudes –no sin temor– un concepto totalmente nuevo para la circulación de libros y revistas. Al principio no llegaban a la centena, pero hoy la iniciativa “Libro Libre” monitorea los itinerarios antojadizos de más de cinco mil volúmenes, todos libres.
De mano en mano, de esquina en esquina, la consigna es la escritura de dos historias paralelas: la que está al interior de sus páginas y la de su travesía. Y tratándose de finales felices, para este último viaje cabe sólo uno: que la ciudad se torne bibliómana y que los libros se vuelvan todos claustrofóbicos.
Carla Rebolledo, una jovencita de 16 años, visitó junto a sus compañeros de clase –y gracias a una invitación extendida por el Consejo Nacional de las Artes y la Cultura– la recién finalizada última edición de la Feria Internacional del Libro de Santiago. Su curso, el segundo medio de la escuela B-566, de la comuna de Lago Ranco, había obtenido hace poco el primer lugar nacional en el concurso “Difunde el libro”, organizado por el consejo. Su idea de instalar buzones de depósito como los del correo en la municipalidad, en la capilla y en la panadería encantó a todo mundo.
Ese día, el viernes 28 de octubre, Carla se autoimpuso una misión: encontrar un ejemplar de la novela El perfume, de Patrick Süskind, para devorárselo durante el viaje de regreso. Tres amigos no podían estar equivocados: “Siii, ése tienes que leerlo a como dé lugar”.
Bajo aquel designio, entonces, recorrió uno a uno los más de doscientos stands de la muestra; y cuando estaba a punto de darse por vencida, se topó casi sin querer con el objetivo, el disimulado puesto de la editorial Seix Barral. Recordaba a la perfección el sello que editaba el libro.
Rápidamente le consultó al responsable:
–Claro, nos quedan algunos.
–¿Y cuánto cuesta?
Este último acercó un volumen a la máquina de código de barras.
–Ocho mil trescientos noventa pesos.
La muchacha empezó a hacer cálculos, y los cálculos no cuadraban: en la mañana había comprado el pasaje de bus y sólo le quedaban unos cuatro mil pesos.
–…Bueno, gracias.
“Pillé una versión digital del libro en Internet –cuenta– pero así no es la gracia. Estoy tratando de tener en papel los que más me han gustado, pero por donde yo vivo no los encuentro”. Tampoco existen copias en la biblioteca pública más cercana, recién a setenta y dos kilómetros de su casa, en Frutillar. En la biblioteca de su colegio, ni pensarlo.
Para no quedarse con las manos vacías, Carla finalmente optó por comprarse una revista de cómics japoneses. “Demasiados caros, no hay más explicación”, dice.
Y está en lo cierto. Chile es el único país latinoamericano –junto a Haití– en donde los libros tienen el precio que tienen. El impuesto al valor agregado (IVA) diferido (y en algunos casos exento) para este tipo de bienes culturales, una norma adoptada transversalmente en casi todos los rincones del planeta, aquí simplemente no corre; no mientras el comercio ilegal represente el 64 por ciento de las utilidades del sector, según indican las cifras de la Cámara del Libro.
“¿Pirateado? No, quiero uno original”, expresa Carla. “Si me compro uno falso sería como traicionarme a mí misma”.
“Libro libre” o la alergia al polvo
Hay que aceptar que episodios como los de Carla en la Feria del Libro ocurren a cada minuto.
La periodista Raquel Azócar nos acerca a una vivencia similar: “Varias veces tuve problemas para conseguir el libro que necesitaba para la universidad o que sólo quería leer por placer; ya sea porque el carné de biblioteca estaba vencido o porque no tenía las quince lucas que te piden en la librería Antártica”.
“La solución que me quedaba en estos casos era tomar una micro y sumergirme en las galerías de San Diego con Alonso Ovalle, y de paso encomendarse a un par de santos para dar con una copia”.
Harta de verse limitada por “estos detalles ridículos que siempre te dejan con la espinita”, la periodista no lo pensó dos veces el día en que una amiga suya le comentó a vuelo de pájaro algunos detalles de la iniciativa estadounidense Bookcrossing, vigente desde 2001: “Me pasó un libro que tenía una etiqueta que lo identificaba como crossed book. El concepto me pareció fantástico, y ese mismo día me puse a investigar; me di cuenta que no sólo se desarrollaba en Estados Unidos y Europa, sino que incluso ya estaba presente en países latinoamericanos como México y Argentina”.
Pronto el enamoramiento se cristalizaría en hechos: en diciembre de 2004, Azócar, más un grupo de colaboradores –la mayoría amistades y colegas– desparramaron en banquitos de plazas y escaleras de estaciones de metro una cincuentena de novelas clásicas, antologías poéticas y otras expresiones literarias. Se trataba de la primera “fuga” y del nacimiento formal de la agrupación “Libro Libre Chile”.
Los lugares fueron escogidos con precisión, puesto que debían ser del todo visibles; cosa que quien de momento pasase distraído por ahí concentrase su atención en el oblongo a la deriva. Todavía más: que a continuación el caminante cogiese el volumen, hojease rápidamente su contenido, mirase para todos lados, y ya algo más tranquilo por la ausencia de reclamos a la propiedad, finalmente decidiese llevárselo.
Horas después, en la noche, la periodista inspeccionaba uno por uno aquellos paraderos. Y el cruzado de dedos, los titubeos iban cediendo: salió de maravillas, desaparecieron casi todos. La primera etapa lista, pero restaba el paso decisivo: si aquellos caminantes ocasionales estarían dispuestos, ya informados como se suponía, a seguir las reglas del juego; si compartían, en el fondo, la misma prerrogativa de Raquel.
A los pocos días, para el regocijo de la promotora, la idea daba señales inequívocas de estar siendo recepcionada, puesto que aparecían en el rudimentario formulario de la página web del incipiente proyecto los primeros registros de los lectores. Tras una semana de pequeñas angustias y oraciones en cadena, ya se gritaban hurras. “Feliz, feliz, feliz, feliz, ¿cómo te imaginas que estaba?”, admite resuelta.
Lavado de cerebro
Quedaba entonces agregado un nuevo canal de difusión para los materiales bibliográficos. El primero emergente desde la propia ciudadanía y no a partir de un tutelaje estatal o privado. Sin lucros de por medio, como en las bibliotecas, pero desvinculado además del muchas veces estricto régimen de períodos de préstamo, o de los pagos por ingresar o mantener membrecías. Una sola regla mantiene al sistema funcionando: no cortarle las alas a ese libro pululante que aborrece los estantes.
¿Pero es que acaso se trata de una ruptura radical, de una campaña en contra de los canales de difusión tradicionales?
“Desde luego que no”, se apura a contestar la periodista. “Nuestra premisa ha sido, desde el primer momento, la coexistencia y la cooperación. Y eso, por suerte, ha salido bien. Las bibliotecas públicas tienen que mantener su crecimiento, hasta que cubran hasta el último pedazo de tierra de este país”. Así lo pinta: una verdadera filosofía; una “utopía posible”, como señala la página web (www.librolibrechile.cl)
“Tampoco estamos hablando de si estamos de acuerdo con el comercio ilegal, sino que de algo que necesita de mucho más trabajo: instalar un nuevo concepto en la sociedad para relacionarse con el libro, para desplegar el ejercicio de la lectura. Se trata de romper con los tan severos protocolos, desde el que se le diga a los niños que no pueden rayar las hojas; hasta cuestiones como la reducción, si no se tienen los recursos, o a comprar una versión muleada, o a leer la novela de turno entre líneas no más, porque en una semana tienes que devolverlo”, explica Azócar.
¡A volar, a volar!
Uno no creería hasta donde se ha desarrollado esta iniciativa, la que se nutre principalmente de los ávidos lectores que hacen que los libres se muevan por todo el país. Con puntos en Rancagüa, Osorno, Chiloé y hasta en Río Tranquilo, en la Región de Aysén, Libro Libre ha crecido a niveles sorprendentes, conectando a gente que no tiene acceso a muchos títulos de la literatura debido al lugar en que vive.
¿Dónde interceptar al libro libre?
Los Puntos Libro Libre, en Santiago, están ubicados en:
- Bibliometro Plaza de Armas, Plaza de Armas s/n, nivel superior Estación Plaza de Armas, acceso suroriente.
- Universidad Católica Silva Henríquez (interior Biblioteca), General Jofré 462.
- Café Restaurante Off The Record, Antonia López de Bello 0155.
y en regiones, en:
- Colegio Leonila Folch López, Francisco Bilbao 1341, Osorno.
- Café La Ultima Frontera, Vicente Perez Rosales 787, Valdivia.
Colegio Cahuala, Arturo Prat 401, Castro, Chiloé. - Escuela Gabriela Mistral, Pedro Lagos 151, Puerto Tranquilo, Región de Aysén.
- Biblioteca Pública de Santa Cruz, Nicolas Palacios 247, Santa Cruz
- Biblioteca Pública “Santiago Benadava Cattan” , en Avenida La Compañia N° 159, Población René Schneider, Rancagua
- Sede Regional del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, Germán Riesco 350, Segundo Piso, Rancagua
De los puntos en Santiago –según las estimaciones de Raquel Azócar–, los títulos que ella y otros primerizos desterraron de sus colecciones personales no representan más del 15% del total: “Libro Libre se ha alimentado en su integridad por las vocaciones de los lectores cotidianos, además de ciertos escritores de buen corazón, como Ariel Dorfman, quien nos hizo una donación importante de algunas novelas que él ha escrito. E incluso algunos en el sector editorial han simpatizado con nuestra propuesta, como el sello Marenostrum, quien nos regaló otras cuatrocientas copias de cuentos infantiles y otras cosas similares”.
Por todo esto, a punta de esfuerzos y buenos resultados, Libro Libre también se ha hecho del aporte del Fondo Nacional de Fomento del Libro y de la Lectura. El aporte “nos ha venido como anillo al dedo, puesto que nos permite generar una plataforma constante para ir mejorando nuestro desempeño. Y eso se demuestra en el establecimiento de nuevos puntos para que la gente se encuentre con nosotros. Todo se reduce, entonces, a estar pisándole la huella al caminante en la mayor medida posible”, sostiene entre risas Raquel.
A nivel mundial, llámese como se llame, lo cierto es que en la actualidad existen unos tres millones de libros libres, errando al interior de cuarenta y nueve países. Por cierto, todos ellos, como asimismo sus trayectos, están registrados en las bases de datos. Se cuentan, asimismo, cerca de medio millón de usuarios regulares del servicio.
Mientras tanto, la iniciativa chilena ha sabido destacar entre sus pares: sumado a las grandes “liberaciones”, en 2005 se editó, como lo señala Raquel, “el primer libro del mundo con la manifiesta intención de libertad”. Se trató de la Antología Gabriela (Mistral) en poesía y prosa, de los poetas Hans Shuster y Thomas Harris, transformada en libro libre por la Universidad Silva Henríquez. A la fecha, ya son siete los que han visto la luz, y, según afirma la dichosa periodista, todos emprendieron el vuelo de inmediato: “Los perdimos de vista al minuto, tanto así que no he podido terminar ninguno… pero ya me tocará pillarlos, ¿verdad?”.
Para participar en Libro Libre Chile, inscríbete en su web: http://www.librolibrechile.cl/sitio/

