Con Tinta Negra

Periodismo Independiente

Un entretiempo de colores

Santiago es dorado. Es amarillo, rojo, burdeos y púrpura. Hay un ambiente colorido que embarga la ciudad, que la llena y la rodea con calidez. El verano y sus días soleados se fueron, el calor sofocante que rebotaba en los edificios y el cemento ya no ahoga nuestras tardes y las faldas languidecen guardadas en el fondo del closet.

La piscina no alberga gritos y juegos de los niños. Los flotadores yacen desinflados tristemente en los rincones del jardín y los días de tenderse sobre las toallas bronceándose con el sol, desaparecieron.

Las calles de la capital se presentan melancólicas, tranquilas. Las franquean árboles pintados que llenan las tardes de una sinfonía ocre. Se ven frágiles, como si con cada hoja que se lleva el viento se fuera un pedacito de su alma.

Hay alfombras mullidas por todas partes, mantos de colores que dan la bienvenida crujiendo, bajo los pies que presurosos las cruzan. Hasta el ritmo santiaguino parece ralentizarse para dejar que sus habitantes se admiren ante atardeceres rosados que combinan con las copas amarillas que quieren tocar el cielo.

Se ve gente trabajando en sus jardines por doquier, en intentos infructuosos de limpiar el pasto de las hojas que lo esconden. Pero estos deshechos que ensucian las avenidas y las moradas vuelven, obstinados, cada vez que son retirados por una dueña de casa hastiada, amante de la pulcritud.

Entre este prisma de colores cálidos caminan colegiales, los que se niegan a aceptar la partida del verano y desafían a las tardes templadas con faldas sin medias y poleras de manga corta. Como contraparte, las mujeres que salen y vuelven del trabajo traen consigo sus bufandas o chaquetas gruesas bajo el brazo. Saben que el verano no volverá y se resignan, con la autoridad que les dan los años pasados, a que el frío empiece a colarse poco a poco debajo de polerones y chalecos, los que pronto se volverán insuficientes.

Los días son más abochornados, las nubes comienzan a llegar después de su periplo de casi medio año fuera de los cielos capitalinos. Las cada vez más escasas apariciones del sol no bastan para convencer y los abrigos se mantienen puestos, absorbiendo el tibio calor y almacenándolo para el invierno. El sol parece estar despidiéndose para peregrinar a otros cielos durante el invierno chileno.

Y es así, poquito a poquito y mientras los días se hacen más cortos y la obscuridad más larga, que despedimos a los meses de risas al aire libre, los días de playa y sol, y le damos la bienvenida al invierno. Una bienvenida a regañadientes, pero recordando que más allá del frío tendremos chocolates y cafés calientes, frazadas con que arroparnos y las típicas sopaipillas esperándonos para alegrar el día. Y mientras esperamos que se nos venga todo eso encima, todavía nos quedan un par de días dorados de otoño.

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