Con Tinta Negra

Periodismo Independiente

El relato de una noche oscura

Los perros no ladraron

Sin haber vivido nunca un terremoto, no se puede predecir cómo se va a reaccionar ante uno. Pánico, terror, sorpresa, indefensión. Es la crónica de una joven que vive un sismo tan fuerte por primera vez, porque vivir en un país que se mueve constantemente no te prepara para que tu mundo se de vuelta en sólo dos minutos. Dos minutos con cuarenta y cinco segundos, para ser exactos.

Por Constanza Gómez

¿Tiene ‘’Shusi’’? Horas atrás había cenado en un delivery de sushi junto a su padre y su hermano menor. Cuando el vendedor se acercó para tomar el pedido, su padre, que por primera vez estaba ahí, había preguntado si tenían ‘’Shusi’’ en aquel lugar. Entre risas y vergüenzas abandonaron el restaurant después de que decidieron que mejor sería comer en casa. Ahora lo recordaba con más gracia que antes, mientras buscaba la mirada de su padre a la luz de las velas. Le sonrió débilmente, pero bastó para que éste le devolviera una con más fuerza. Nunca antes lo había visto así. No era solo nerviosismo, había en él una pena inmensa que lo ahogaba sin poder pronunciar palabra alguna. Estaba más serio que nunca, quizás los recuerdos de una situación similar hace veinticinco años hacían que el porvenir de la situación fuera aún más desesperanzador. Pero a pesar de ello le sonrió.

Aquella noche la tierra se movió. Se movió fuerte pero menos que cuando destruyó Valdivia en la década del sesenta. El que no tiene la noción ni la experiencia de cuándo deja de ser solo un temblor se hace la idea después de que los medios lo confirman: fue terremoto. Dicen las buenas lenguas que los perros avisaron.

No hay velas a mano, ni linternas y mucho menos pilas. Saben que en alguna parte hay una lámpara a gas de esas que se lleva a acampar, pero no la ven hace cinco años desde el cambio de casa. Celulares, ahora piensa que son benditos los celulares porque pueden alumbrar. Busca los fósforos con insistencia mientras el crujir de las lozas quebradas en el suelo le tensa los dedos de los pies.

El que no tiene la noción ni la experiencia de cuándo deja de ser solo un temblor se hace la idea después de que los medios lo confirman: fue terremoto. Dicen las buenas lenguas que los perros avisaron.(http://www.flickr.com/photos/gb_fotos/)

Rápidamente logran sintonizar una emisora y se sientan alrededor de la mesa del comedor a la luz de unos conchitos de vela que hallaron entre las chucherías del mueble de los adornos. Es Sergio Campos, el periodista, que está al aire liderando las noticias que se conocen a eso de las cuatro de la mañana. Es un alivio oír una voz conocida, piensa ella, la que a partir de ese momento resultaría familiar y memorable cuando se hablara de aquella noche: ‘’Esta madrugada de sábado 27 de Febrero a las 3:34 horas, un sismo de 8.8 grados escala Richter con epicentro en Cobquecura, azotó a la zona centro y sur del país. La ONEMI confirma que no hay alerta de tsunami’’.

Silencio y oscuridad

Si uno no le teme a los sismos, es muy poco probable que escape ante uno, menos cuando se duerme. Había logrado conciliar el sueño como a ella le gusta, de ese que uno se queda dormido frente al televisor y ya estaba en el cuarto sueño REM. Las primeras vibraciones no la alertaron mayormente, por lo que cerró los ojos y anticipó que no volvería a despertar. Un sonido, que en primera instancia solo fue captado por oídos sensibles, aumentó su volumen a la par de la intensidad del movimiento telúrico. No era un temblor como a los que estaba acostumbrada. Abandonó la cama con dificultad como si sus extremidades hubiesen estado pendiendo de un hilo y corrió a la pieza de al lado en busca de su hermano pequeño.

Tomó a su hermano de los brazos y lo condujo escaleras abajo con precaución de que este no perdiera el equilibrio en el intento. Demoró lo que pudo haber sido medido como una eternidad en llegar al piso inferior, aunque pareció levitar entre el sueño y el fuerte movimiento que los hizo perder el equilibrio hacia los extremos.

Dos minutos y cuarenta y cinco segundos después acabó. Dice en voz alta que no recuerda haber oído ladrar a los perros.

Las calles, las casas, el cielo, todo está oscuro. Ni siquiera un apagón se podría asemejar a esa situación. Está el cielo nublado, rojizo como si fuera a llover, opaco, mugriento por el asenso de la tierra y el polvo de los escombros. No se ven estrellas, pero sí la luna. No hay señal de celulares, se agota las baterías, o llega la señal pero del otro lado no hay conexión.

Ha encontrado las pequeñas linternas frontales que semanas atrás había utilizado para acampar junto a un amigo en la cima del cerro Pintor, ubicado al final del camino a Farellones. Enciende una de ellas y recuerda la última vez que las usó. La noche en que había estado en el cerro había sido iluminada por las miles de estrellas que cubrían el lugar, no habiendo existido espacio para la luna. Afuera el paisaje es inverso a lo recordado. La luz del blanca parece una especie de glaseado que alumbra y a la vez empalidece los alrededores.

Hay más velas que antes y ya no sonaquellos pequeños rastrojos las que alumbran la cocina y el living. Es muy poca la información que se obtiene del sur, las radioemisoras continúan informado sobre lo acontecido pero no se sabrá con precisión hasta cuando llegué la luz en algunos sectores o al menos aclarezca. Se estima que las calles pueden ser un desastre, y más allá donde se cree que hay pueblos, como Cobqecura, que ya no existen. Al escuchar esas predicciones es bien poco lo que se puede esperar de impresión para alcanzar el umbral de asombro para una situación de catástrofe. Afuera, las panderetas de cemento que rodeaban las casas están desmoronadas. Nadie se asombra si al mismo tiempo la radio está informando que el mar está extraño en ciertos lugares y produce desconfianza en medio de la oscuridad plena.

Han pasado tres horas desde el terremoto y con ello más de diez intentos de llamados telefónicos, para ver si el mundo todavía existe. Es imposible y a estas alturas, estúpido seguir intentando. Son cerca de la siete. Poco a poco las energías sucumben y caen rendidos a las camas, algo que se le asemeja a ganas de descansar. Por precaución no dormirá en su habitación y descansará un par de horas en el sillón. Al lado de ella, en el suelo han tendido un colchón extraído de una de las camas y en él duermen su hermano y su madre. Hay temor y ansiedad ante las replicas. El último suspiro de la jornada fue emitido por ella. Cerró los ojos y se acomodó hacia un costado envuelta en una frazada hasta las orejas. Los perros comenzaron a ladrar.

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    una señal muy clara era que ladraran

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