Con Tinta Negra

Periodismo Independiente, ¡Entintados de Cultura!

Terremoto en la “pequeña Colombia”

En un condominio ubicado en la comuna de Cerrillos viven cerca de 100 colombianos. Todos migraron por diversas razones en busca de nuevas y mejores oportunidades. Lo que ninguno sospechaba era que, estando tan lejos de casa, un terremoto lograría hacer lo que ni las FARC, los paramilitares, las cifras de desempleo o los narcos con sus carros bombas habían hecho: quitarles el sueño y enfrentarlos con el miedo a la muerte en un país al que habían viajado en busca de paz.

Por Deisy Johanna Torres


―Embajada de Colombia, buenas tardes…

―Sí, buenas tardes. Disculpe la vuelvo a molestar, pero quería saber si ya tiene alguna información sobre el próximo avión que va a salir con destino a Colombia.

―Señora, ya le dije que por ahora no tenemos información de ningún otro avión. Usted ya me dejó sus datos, así que espere que nosotros nos comuniquemos con usted. Que tenga buena tarde.

Liliana se queda en silencio, con la bocina en la oreja escuchando el pitido continuo de la línea ante la mirada de su esposo.

―Bueno señora, muchas gracias por todo. No, tranquila, no se preocupe, yo se que ustedes me van a llamar. Y dele las gracias al señor presidente de mi parte. Bueno, que este bien. Chao.

Cuelga y camina hacia su esposo. “Cuando salga el próximo avión, nos vamos”. David, de 1.90 de estatura y 130 kilos, no musita palabra alguna. Va hacia la cocina y se sirve un vaso de té. En Colombia tomaba café, pero en Chile aprendió a tomar té. También en Colombia trabajaba cuatro horas al día, como diseñador grafico. Pero en Chile trabaja 11 horas diarias y hoy le toca el peor turno de todos: el de 7 pm a 8 am. Liliana toma a su hijo de seis meses, una pañalera y una bolsa con algo de ropa. Los tres salen del apartamento y empiezan el descenso desde el quinto piso hasta el primero y de ahí camino a la portería del condominio.

En el trayecto David se encuentra con un compañero de trabajo, también colombiano, al igual que Rodrigo Restrepo, dueño de PRISA S.A, compañía distribuidora de artículos para oficina en todo Chile. Ubicada en la zona industrial de la comuna de Cerrillos, esta empresa alberga en su nómina a más de tres mil empleados, de los cuales, cerca del 40 por ciento es de nacionalidad colombiana. A Restrepo y a la situación política y económica del país cafetero se les debe el hecho de que, en pleno corazón de Cerrillos, haya un condominio al que también llaman “La pequeña Colombia”.

David le da un beso a su “negra” y a su hijo antes de tomar el camino hacia la salida del condominio junto a su compañero. Esta vez Liliana no camina hacia la salida, no como ese 27 de febrero en que su instinto le ordenaba tomar a su hijo y correr, correr muy lejos.

Proveniente de la ciudad de Cali, Liliana, a sus 25 años, no sabía de temblores, de terremotos o tsunamis. No sabía qué era sentir que se le viniera la casa encima y mucho menos sabía de que la tierra le podía “mover el piso” a las 3:40 am. Ella sabía de parrandas a la madrugada, de rumbas con salsa, vallenato y bachata. De Cali pachanguero y de aguardiente de caña. Lo más cercano a un terremoto lo había vivido cuando tenía 14 años. Recuerda que en la tele salieron imágenes de la ciudad colombiana de Armenia totalmente destruida por un terremoto de 6,4 en la escala de Richter. Era el año 1999, la época de las negociaciones con las FARC, la zona de despegue en el caguan y la de mayor secuestros y tomas guerrilleras de la década. El terremoto de Armenia sólo afectó seriamente a Armenia y en menor grado a las ciudades de Pereira y Manizales. A Cali no le pasó nada. Así que para Liliana, como para muchos otros colombianos, los terremotos eran algo que le pasaba a otros, nunca a ella o su familia. Y con tanta agitación social y política, las imágenes de Armenia cada vez fueron menos en el noticiero, y poco a poco aquel terremoto se convirtió en una anécdota para algunos, en olvido para otros y en la miseria para muchas familias, que después de 11 años, aún no ven la ayuda llegar. La solidaridad no es una característica del colombiano, si el olvido.

En un país acostumbrado a caerse y levantarse por la voluntad de un narco, un paramilitar, un guerrillero o el gobernante de turno, cada cual se salva como puede. Así lo entendía Liliana, por eso, aquella madrugada sólo pensó en su pequeña bebita y corrió. Bajó las escalas desde el quinto piso con su bebe en brazos, cayendo una y otra vez. Sólo cuando estuvo en la portería, a salvo de quedar bajo los escombros, ella recordó que tenía esposo.

Hoy volvía con su bebe en brazos, con su 1.70 de estatura y sus 90 kilos de peso, a tocar la puerta de Gloria, una vecina colombiana del condominio, quien vive en un primer piso y que le había tomado mucho cariño. Desde el día del terremoto no era capaz de dormir en su apartamento si su esposo no la acompañaba.

En la esquina del living de Gloria la esperaba su cama. Un colchón de 1.20 x 90 en el que ella y su hija dormían incomodas, pero tranquilas. La palabra réplica, concepto nuevo para ella, era como una punzada en el corazón, como diez batazos en el estomago. Además pensaba que sus posibilidades de sobrevivir eran más grandes en un primer piso que un quinto. Acostada, mirando para el techo, recordó que semanas atrás, no eran sólo ella, su bebé y su esposo quienes habían llegado a tocar la puerta de doña Gloria. 20 colombianos -un total de 4 familias- entre los que se contaban hombres, mujeres y niños, abrieron los ojos la mañana del sábado 27 de febrero en el living de Gloria.

………….

Jessica también era parte de la comitiva junto con sus tres hijos y su esposo. Ella y Liliana solían ser amigas, pero se habían declarado la guerra desde que en una noche de rumba, la una se le insinuó al marido de la otra, al menos, eso es lo que cuentan pasó. Pero aquella mañana a las dos les tocó tragarse su rabia, mirarse a los ojos y compartir lo que cada una había traído para comer con la familia de la otra. Juntas también miraron la tele, la noticia de los saqueos y el segundo terremoto: el terremoto social.

En los noticieros surgieron hipótesis para explicar lo que ocurría, en las que se hablaba de la personalidad de “el chileno”, la identidad del “chileno”, el contexto social de “el chileno”. De los 20 colombianos que esa mañana miraron juntos la televisión, Mauricio, el esposo de Jessica, preguntó si los demás creían que en Colombia podría pasar algo parecido a la emergencia social que ese día vivía Chile. Si “el colombiano”, también podría actuar de esa forma frente a una catástrofe como esa. “Cuando lo de Armenia no pasó”, dijo uno. “En Colombia nunca pasaría una cosa de estas”, dijo otra. El primero que habló tenía nueve años cuando pasó el terremoto en Armenia, y la segunda tiene 17 recién cumplidos. Los demás no respondieron.

Liliana recordaba aquella mañana mientras acomodaba a su bebe en aquel colchón de 1.20×90. Esa noche en la casa de doña Gloria ya no se veía televisión chilena. Gracias a un decodificador de DirecTv y a la magia del cable satelital tenían televisión colombiana en vivo y en directo. “El capo”, una telenovela que narra la historia de un narcotraficante que logra escaparse de la extradición a EEUU, era la sensación en todo el ancho y largo del territorio nacional, y también, en este pedacito de patria chica en la que ella y su marido habían venido a parar 1 año atrás.

Durante los comerciales, Liliana aprovecha para hacer un llamado a las memorias. Las chocolatinas que compraba en la tienda de la esquina de don Elías cuando era niña, la marca de jeans que siempre había usado, la marca de arroz que siempre compraba su mamá, las arepas paisas, el sancocho de gallina, los buñuelos en la panadería. Y empieza el noticiero. En las memorias también se incluyen las razones del porqué esta tan lejos de casa. Los índices de desempleo que la llevaron a ella, odontóloga de profesión y a su esposo, diseñador grafico, a buscar nuevos horizontes.

La tasa de desempleo en Colombia se situó en el 12,6 por ciento en febrero de este año, lo que equivale a 2,7 millones de personas y significa un aumento de 0,1 puntos respecto al mismo mes de 2009, informó el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). Al contrario de lo que muchos suponen, es el desempleo y no el factor violencia la mayor causa de la migración de colombianos al extranjero, principalmente a España y EEUU. En los últimos 10 años, la estabilidad del mercado chileno así como el cambio de la moneda (4 veces en promedio), ha hecho de Chile un atractivo destino para muchos colombianos. Tal fue el caso de Liliana, quien después de estar más de 2 años buscando trabajo, y con un bebe en camino, convenció a su esposo, hizo maletas y tomó un avión con destino al único país de economía estable que aún no le pide visa para ingresar.

Pero la agitada actividad telúrica del país austral era algo que ni ella, ni muchos compatriotas suyos, se esperaban. Los remezones a medio del día y de noche, las réplicas en el metro, en la micro o en el baño. El no saber en qué momento se te puede venir el techo encima o recordar llevar el pasaporte en mano para así hacer más fácil la identificación del cadáver. El miedo a una situación nueva y que ella sentía no merecer, era lo que la impulsaba a llamar todos los días a la embajada de su país.

………..

El Sistema Nacional de Prevención y Atención de Desastres, en coordinación con el gobierno de Chile, la embajada y el consulado de Colombia en ese país, programaron vuelos de retorno de connacionales que se encontraban en Concepción, Santiago, Chillan y Talca, y que, debido al terremoto, deseaban volver a Colombia.

Con la finalidad inicial de servir de puente aéreo entre las ciudades de Concepción y Santiago de Chile, para el transporte de ayuda humanitaria, los aviones Hércules de la Fuerza Aérea Colombiana, se convirtieron en la salvación de unos y en la esperanza de otros.

El primer avión de la FAC trasladó a Santiago a 150 chilenos que se hallaban en Colombia y regresó al día siguiente con 125 colombianos y tres ecuatorianos que se encontraban en Chile. El segundo vuelo llevó de vuelta a 170 colombianos que sobrevivieron al terremoto según informes de la Cancillería colombiana. La embajada informó de un tercer y último vuelo. Sin embargo, la fecha aún no estaba fijada.

La esperanza de un último vuelo a su país era lo que la hacía tolerar a la secretaria de la embajada que siempre le tiraba la bocina. Era el pensamiento que la tranquilizaba después de cada réplica o de cada nueva avería en su apartamento. Su esposo, junto con algunas amigas chilenas del condominio, habían intentado persuadirla, pero sus nervios no daban para más. Esto era nuevo para ella, y pese a su figura, ella era una mujer frágil y débil, que se sentaba a llorar después de cada réplica, que sólo tenía cabeza para pensar en su mamá y lo lejos de ella que iba a morir.

“Las cosas van a cambiar, amor” -le decía siempre David. Pero ella no lograba creerle. Al verlo trabajar tanto por tan poco se arrepentía de haberle hecho renunciar a su empleo en Colombia por haberse venido a un país donde ni siquiera puede dormir tranquila. Los carros bombas, los secuestros o los atentados son cosas que no le preocupan. Las conoce muy bien, creció con ellas y sabe que, a diferencia de lo que el mundo cree, no son tan graves como dicen en la televisión. Es el miedo a lo que no conoce lo que no la deja vivir, lo que no la deja dormir en las noches.

Pero por hoy ya basta de hablar de remezones. Tiene mucho sueño. Dos réplicas en la tarde la han tenido en vilo todo el día y sólo hasta ahora, en ese primer piso, logra conciliar la calma. Pero el sonido del timbre de la puerta en casa de Gloria la levanta nuevamente de su colchón. Es Jenny, una vecina colombiana que lleva 2 años en Chile, y quien desde la madrugada del 27 no habla de otra cosa que del retorno a su patria; una patria a la que antes de ese día había jurado nunca volver.

―Doña Gloria, Liliana, pasado mañana sale el próximo Hércules. Así que si se van a ir, empiecen a arreglar maleta que hay que estar mañana en la noche en la embajada con el pasaporte listo, sino perdemos el cupo.

Liliana tomó a su hijo, saltó, sonrió y empezó a alistar sus cosas para salir hacia su apartamento y buscar lo que necesitaba. Y de nuevo camino hacia su casa recordó que tenía esposo. Tomó su celular y llamó.

―Hola mai, ¿cómo estás? Es que te quiero contar algo.

―Bien, negra. Ahora sí la hicimos. Me van a ascender negra, mañana me entregan una oficina y me suben el sueldo. Las cosas iban a cambiar amor, te lo dije.

―Ah, mai, me alegro, me alegro mucho.

―Y ¿tenias algo que decirme?

―No mai, nada importante.

―Bueno, me voy porque tengo que seguir trabajando. Buenas noches amor

―Buenas noches mai.

Liliana da media vuelta y camina de regreso a la casa de Gloria…

  • Marilyn

    Muy buena crónica, logra mezclar información, cotidianidad y suspenso.

blog comments powered by Disqus