Con Tinta Negra

Periodismo Independiente, ¡Entintados de Cultura!

Una mirada sobre un ícono de Santiago

Sólo un escenario

Observa la vida capitalina desde hace más de un siglo, siendo testigo de sus apresurados ires y venires. Ella ha permanecida casi igual desde el momento de su construcción, pero nos ha visto cambiar como sociedad y país. La Estación Central nos mira con su expresión triste y sabia de madre que vela eternamente por sus hijos.

Por Rafael González

Estación Central, Santiago

Estación Central, Santiago

Soy un afortunado, pues debo ser uno de los pocos que ha visto tus dos caras. Uno entre miles, sin duda, pero en una ciudad donde habitan millones de personas, esto aún me convierte en parte de una elite.  Tantos sueños que viste llegar, tantos fracasos que viste partir.

Nadie se detiene a observarte, sólo las palomas o, más bien, sus cadáveres te hacen verdadera compañía, pues para los demás sólo eres un lugar de paso. Hay quienes se cobijan bajo tu techo todo el día, el joven con un humillante cartelito que anuncia su filiación con una empresa telefónica, o  el mendigo con su jarro de aluminio enlozado. También la coreana, que vende esos no se qué. Todos allí, pero nadie te ve.

Pasamos por las mañanas y nadie te pone atención. Todos prefieren mirar su propio reloj para saber lo atrasados que están. Un señor canoso, vestido de azul y con el logo del Mall es el único que te acompaña, está ahí barriendo las colillas de cigarro que la gente bota al pasar.

Llega la tarde y es otra cosa, estás atiborrado de lo que se supone son personas, pero que por su caminar más se asemejan a un rebaño. La gente choca,  pero no hay tiempo para pedir disculpas, no se debe, en estos tiempos está mal visto. Además, todos tienen que correr para llegar a su tren.

Hace un par de meses instalaron un enorme carrusel. ¿Se imaginan lo que es eso?, es decir, en un lugar donde todos marchan en vez de caminar. Es, básicamente, inaudito, como oí decir a una mujer cincuentona que hacía lo posible por esquivar la muchedumbre que mira absorta el círculo de ponis de plástico, mientras caminaba aferrada a sus bolsas de multitienda.

¿Cuántos años tienes? Ciento treinta quizás, pero te ves más joven. Tu última cirugía fue hace seis años, aunque aún conservas ese elegante diseño francés. Te bautizaron Estación Alameda, pero te llamamos Estación Central, más que nada por capricho.

Punto de encuentro para muchos, jamás fuiste protagonista, sólo un mero escenario. Al final del día reaparece tu rostro, esa mueca de tristeza adornada de manera casi tétrica por las luces que no se apagan, pero que se hacen mucho más tenues con el paso de las horas.

Pasa la noche fría y la función comienza nuevamente. La gente vuelve a su marcha, a no tener tiempo para nada ni nadie. El oficinista sin oficina que se pasea por tu frontis con el periódico bajo el brazo, como dijera Armando Uribe, “ocupado en parecer ocupado”.

blog comments powered by Disqus