Con Tinta Negra

Periodismo Independiente

Relación de Andanzas en la India I

Primeros días de Enero

Por Hans Mülchi B.

Llego a Bombay de madrugada y rápidamente siento que no llego a otro país, sino a otro planeta. Subo a un taxi escoltado por un santo-mendigo y confío en que el chofer de un taxi modelo años ’40 haya entendido a dónde voy entre el bullicio del dialecto ininteligible  que es la mezcla de ingles e hindi. En la primera parada dos mujeres con hijos en brazos se abalanzan para pedirme una moneda, afuera reina el desorden y la basura.

Efectivamente, las vacas andan sueltas en Bombay, entre turbantes, mujeres con vestidos multicolores de otro siglo y otras cubiertas en sus burkas. Algunos hombres circulan con tan solo un taparrabos. Te encuentras con Cristos, Bhudas y Reyes Magos en una megalópolis donde no cabe un  alfiler. Imposible encontrar un remanso, un rincón tranquilo en la entrada occidental de este país de más de mil millones de habitantes -más que toda América Latina junta-, y que pronto desplazara a China como el más populoso del mundo.

Camino sorteando perros que duermen en las calles sin ser molestados, ya que no solo la vaca es sagrada, sino todo animal. Nadie se sorprende que también ancianos y jóvenes yazcan botados en la calle a cualquier hora. Solo yo me sorprendo de todo, y me convenzo que he llegado a un punto culminante de mis trayectos de Viajero. Las calles nocturnas de Belice, Recife, La Habana, Marraquech, Estambul, Vladikaskav… Tantas y tantas esquinas me han anunciado la llegada hasta aquí, pienso.

Navego entre olores milenarios. A cada paso se suceden inciensos, fritangas, sobacos, podredumbres. Un cocktail único, que al quinto día ya ni percibo. Nunca antesestuve en un país tan sucio. Aquí queman la basura por la noche, me dicen. Hay que armarse de valor antes de entrar a cualquier baño; entiendo ahora la exigencia de vacunarse contra tantas cosas antes de poder entrar aquí. Lo afirmo habiendo alojado en hostalitos de decenas de villorrios y urbes de nuestros países latinoamericanos. Un filtro gris lo cubre todo. Hay una sensación de color deslavado en Bombay.

Me subo a los trenes urbanos que, desde distintos puntos, llegan al centro de la ciudad. El Transantiago ha sido una buena escuela para sumergirme en vagones atestados, pero que aquí funcionan mejor. Un instrumento de cuerdas asiático preside una melodía de vientos y un track-track infinito de trenes interminables. Lo entiendo como un acto de bienvenida. A la India. Al Asia profunda.

Almuerzo de lujo por 5 lucas chilenas en mi hotel de los suburbios (Bombay o Mumbai, como fue rebautizado en hindi, es la ciudad más cara en alojamientos de la India, pero aun así los montos son divertidos). Pollo Afghano y postre con pirotecnias, servidos por una bella garzona oriental que me dice que me parezco a la gente de su país. Viene del fronterizo Myanmar (¿será que en febrero me voy para allá?).

Me interno en un mercado callejero periférico, donde multitudes compran de todo, y también adoran. Hago una fila en medio de canticos indescifrables. Se alaba, se deposita una moneda frente al dios con cabeza de elefante y luego puedes retirar un plato de comida. Entro al Museo Príncipe de Wales, nombre que evoca la colonización británica, así como los autos circulando por la izquierda, es un milagro que no haya más accidentes con el estilo caótico de manejar que hay aquí.. Es la armonía dentro del caos, como es un milagro todo este país. En el Museo me encuentro con Budhas, Vishnus y Brahmas de 3.000 años. Esculturas para ubicarse: estamos frente a una de las civilizaciones más antiguas de la Humanidad. Me gusta Tara, la diosa esculpida en negro. Proviene de Karnataka, nombre como del vientre de la Tierra; ya llegare por allá.

Pero antes me voy a Pune, al Centro Internacional de Meditación de Osho, el gurú que encandiló a los jóvenes hippies de los ‘70 y que con sus nuevas formas de transmitir el conocimiento milenario construyó un puente entre Oriente y Occidente. ¿Lograra entusiasmarme?

blog comments powered by Disqus