Con Tinta Negra

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La Herradura de mi buena suerte

Sólo pienso en llegar pero quedan varias horas de viaje. En este último tiempo, mis viajes  han sido en auto, lo que es muchísimo mejor. Menos tiempo, música, buena compañía. Ruta directa a La Herradura.

Por Javiera Villalobos

En un grupo en Facebook  llamado “Viajes Santiago – Coquimbo/Serena”, escriben los coquimbanos o serenenses cuando viajan para allá o viceversa, y nos avisamos cuando hay o se necesita un cupo en el auto. La mayoría de los integrantes son sólo conocidos, por lo que dormir o ir conversando en el viaje, no solo de mí depende.

Irse de donde uno siempre ha vivido y llegar a otra ciudad distinta no es fácil. Santiago es muy diferente a Coquimbo y más aun a La Herradura, que es un pueblo y balneario que queda más al sur. Yo describiría a La Herradura como mágica. Allí todo está cerca, casi todos se conocen y se vive en paz.

Último viaje a Coquimbo: jueves 14 de junio. 23 horas. Mi hermano va en su auto junto a mí e Ignacio y Joaquín Elzo -mis vecinos de La Herradura.

Costanera, Vespucio, por donde sea, hay que buscar una salida que diga “Ruta 5 Norte”. Estamos todos ansiosos, no es fin de semana largo, pero nos pusimos de acuerdo y partimos a “la Cuarta”. Allá nos esperan nuestras familias con comida rica y con bastante amor por entregarnos. Nos extrañan, como nosotros a ellos. Cuatro horas y media nos demoraremos en llegar, si no tenemos problemas.

Ignacio no se cansa de hablar. Quiere ser político, de hecho, ya es militante de la DC, pero sobre todo, quiere ser alcalde de Coquimbo. El lugar necesita una buena administración, sin la corrupción que ha tenido antes y qué mejor que alguien que conoce bien como es la vida y la gente de allá.

La ciudad ha crecido mucho, al igual que La Serena. Ya se están convirtiendo en metrópolis, como Valparaíso y Concepción. Desde que me vine a Santiago lo he notado. Cada vez que voy hay más gente y más tráfico, el atochamiento en las calles cada día es mayor, principalmente porque la Ruta 5 Norte es parte de la ciudad, tipo Vespucio.

En Coquimbo hay muy buena calidad de vida, pero se necesitan autoridades competentes. Creo que Ignacio es muy capaz, por lo que espero poder verlo en la alcaldía de Coquimbo en unos años más.

Ha pasado bastante rápido este viaje, pero todavía falta para la mitad del camino: Los Vilos. No tenemos música, bueno en realidad sí, hay un cd puesto, pero está rayado, así que nuestras palabras son las protagonistas. Seguimos comentando sobre la situación actual del país, llegamos a la conclusión de que si no hay un cambio y la gente reacciona, la “cosa” será bien complicada. Y creemos también que los jóvenes debemos construir un Chile mejor y más justo (suena a slogan de campaña política).

Pasamos Canela y acá es el momento donde digo “mi mamá siempre tiene razón”. Me había llamado cuando íbamos saliendo; me dijo que nos fuéramos con cuidado por la neblina. Toda la razón tenía Vivi Caro. La neblina no dejaba ver nada, así que bajamos la velocidad porque el peligro era enorme.

El resto del camino fue igual. Así son los viajes: se conversa, se duerme (cosa que no hicimos porque Ignacio conversaba mucho, de tantas cosas que ya ni las recuerdo), se fuma, se buscan cds que funcionen.

Llegamos a La Herradura, pero no pudimos ver la magnífica entrada debido a la neblina. Dimos una vuelta a La Costanera, admiramos la vista y comentamos lo afortunados que somos de que vivamos desde siempre acá.

Ese momento en que uno se baja del auto, siente el olor a mar (que repele a muchas personas, ya que es fuerte y evidentemente de alga) y sabe que está en casa. Llegamos a la casa, mi mamá nos recibe, que felicidad verla.

Despertar en casa

En Santiago no duermo como en La Herradura, es distinto y, además, en el departamento muchas veces estoy sola. Carla, quien trabaja en mi casa hace 22 años, me despierta para tomar desayuno. Es nuestro ritual de toda la vida. La echaba demasiado de menos; es una de las personas más importantes para mí. Disfruto este desayuno como si no hubiese otro igual.  Almuerzo pescado frito, ensalada, lo que en Santiago no como. Todo es exquisito. Mejor que en cualquier restaurante.

De esta manera continúan estos tres días en casa, aprovechando, comiendo rico, estando con mi pololo, en fin, sin querer volver a Santiago. Ahora que vivo sola aprendí a valorar todo lo que tengo. Ya no están mis papás ni Carla para solucionarme todo, pero así es el proceso.

Me gusta sentir esa emoción de llegar a la casa. De estar por Totoralillo y saber que luego los cerros me dejarán tener la mejor vista de todas. Es mi sensación favorita de un viaje. Además, saber que estaré con mi familia, que podremos salir en zodiak a dar una vuelta o quizás vayamos a pescar, haré una fogata con mi pololo y amigos, habrán mariscos en mi casa, le contaré a mi papá sobre la universidad,  pelearé con mi hermana por cualquier cosa, abrazaré a mi mamá…

Aprovecharé los pocos días, que tanto valen

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